He escrito una historia para un público adulto sobre una mujer que acoge a su expareja después de que él la abandonara y su nueva relación fracasara. Espero que te guste
Durante veinticinco años, la vida de Inés y William se midió en tazas de café por la mañana y el peso compartido de una manta en las noches frías. Construyeron una rutina tan cómoda y silenciosa como el polvo que se asienta sobre los libros que nunca leyeron. Su casa no tenía grandes lujos, pero estaba llena del murmullo de una vida compartida.
Una tarde de martes, el silencio se rompió. "Hay otra persona", dijo William, sin mirarla. "Se llama Carmen". Las palabras, afiladas y frías, cortaron el aire tibio de la cocina. El mundo de Inés, un edificio de veinticinco pisos, se derrumbó en un instante de silencio atronador.
La soledad de Inés tenía eco. Cada rincón de la casa, antes un refugio, ahora era un recordatorio. El lado vacío de la cama, la segunda taza en el escurridor, el silencio donde antes había una respiración a su lado. El dolor era un inquilino constante que no pagaba alquiler.
William y Carmen vivían en un torbellino de promesas y brillo. Se casaron en una ceremonia deslumbrante, donde el champán fluía y los futuros parecían dorados. William le había pintado a Carmen un mundo de opulencia, un castillo construido sobre cimientos de arena.
La verdad, como siempre, encontró una grieta por donde filtrarse. "Me mentiste", gritó Carmen, con los extractos bancarios en la mano. El castillo de naipes se vino abajo. Las promesas doradas se oxidaron, revelando el metal barato que había debajo. La discusión fue la tormenta finalCuando Carmen se fue, la soledad de William fue diferente a la de Inés. La suya estaba llena de vergüenza y del frío del fracaso. Con la soledad, llegó la enfermedad, una tos persistente que se convirtió en una fiebre que lo debilitaba día a día.
Un día, sonó el timbre de Inés. Al abrir, se encontró con una sombra del hombre que conocía. William estaba allí, más delgado, más viejo, con el peso de todos sus errores grabado en el rostro. "No tengo a dónde ir", susurró.
Inés lo miró y vio dos hombres a la vez: el que le rompió el corazón y el ser humano enfermo y desamparado que tenía delante. El recuerdo de la traición luchaba contra una compasión que no sabía que aún poseía.
Sin decir una palabra, Inés se hizo a un lado y lo dejó entrar en la casa que él había abandonado. Le preparó una sopa caliente, el mismo remedio que había usado para sus resfriados durante más de dos décadas. El silencio entre ellos estaba lleno de todo lo que nunca se diría.
No era un regreso, sino el comienzo de algo nuevo e indefinido. Al cuidarlo, Inés no estaba reconstruyendo su pasado, sino afirmando la fuerza que había encontrado en su propia soledad. La casa volvía a estar habitada por dos personas, pero ahora, la única dueña de su paz era ella.Volver a empezar
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